sábado, 30 de marzo de 2013

Crónicas de un viaje acertado


“El Valle de la Luna no nos convencía. Analizando los posibles destinos dentro de nuestro país, optamos con una amiga en viajar a Mendoza. Y ahí estábamos, el lunes 23 de enero de este año, en el Aeroparque Jorge Newbery, con un bolso repleto de ropa como para usar por un mes, y tan sólo nos íbamos siete días. Después de tanto tiempo de espera, por fin llegábamos. Nos esperaba una guía turística de la empresa que habíamos contratado, para subirnos a una combi y nos trasladarnos al Hotel Crillón, ubicado en la capital. Una vez instaladas, fuimos a comer a uno de los restaurantes que incluía el paquete y nos recibió una joven que resultó ser la única moza del lugar. Pasaron unos largos minutos de hacerle el pedido, cuando me trajo un plato que no era el mío y se marchó apresuradamente sin permitirme avisarle su error. Lo mismo ocurrió con el resto de las mesas. Pasada media hora esperando ser atendida, la chica salió muy enojada con su cartera del restaurante. Había renunciado. Le entregamos al dueño los descuentos, yéndome prácticamente sin comer, porque teníamos una excursión a los viñedos y se nos estaba haciendo tarde. A pesar de no gustarme el vino, durante la visita hice una pequeña degustación. Luego fuimos a la fábrica de aceite de oliva, donde se desató una terrible tormenta que terminó por cortar la luz del lugar y no nos permitió salir por varios minutos y aprovechamos para comprar algunos frascos. Al día siguiente tuvimos que levantarnos a las siete de la mañana para realizar un largo pero maravilloso viaje. Esta vez nos dirigimos al camino de alta montaña, para finalizar en el Cristo Redentor ubicado en el Paso de Uspallata. Me la pasé pegada al vidrio contemplando la belleza de aquel lugar. Nos detuvimos en un arroyo, para beber el agua fría y limpia producto del deshielo. También conocimos el Puente del Inca, donde tomamos algunas fotos y apreciamos los extraños recuerdos que comercializan los habitantes. Unas zapatillas viejas, amarillas y endurecidas por el azufre contenido en el agua de aquella zona. Más tarde pudimos divisar la punta del Aconcagua. Fue el momento que más cerca estuvimos de aquella montaña. Sin detenernos ya, llegamos al Cristo Redentor, y debido a los cinco mil metros de altura, muertas de frío. Era el mediodía y descendimos para comer en Las Cuevas, un pueblito con veintitrés  habitantes ubicado al pie de la creciente rocosa. La comida que nos sirvieron era abundante y comimos como presidiarios. El regreso me sirvió para dormir. Al día siguiente fuimos a la pileta y tomamos unos mates. Horas más tarde nos encontrábamos nuevamente en la combi con nuestro guía Osvaldo, recorriendo la ciudad. Compramos chocolates artesanales y los comimos acostadas en nuestra habitación. Luego de cenar, fuimos a un exótico bar del centro, ubicado en el piso 10 de un desolado edificio, desde donde pudimos apreciar la ciudad entera. Pero tuvimos que madrugar, porque esa mañana partíamos hacia San Rafael. Primero hicimos la excursión por el Cañón del Atuel y contratamos actividades de turismo aventura para realizar los días restantes. Esa misma tarde llegamos al hotel, y para refrescarnos un poco nos metimos a la hermosa pileta con cascada que tenía el lugar. La habitación era fantástica. El balcón daba a un enorme parque y durante la mañana podíamos escuchar los pájaros cantar. Tenía bar propio y una cama de dos plazas muy cómoda. Una noche, antes de ir a comer, me reí hasta llorar cuando a mi amiga se le enganchó un mechón de pelo en el secador. El viernes siguiente fue un día increíble. Hicimos cañoning, un deporte que mezcla caminata con tirolesa, y se practica entre las montañas. Nos pasamos bajo el sol unas seis horas. La segunda bajada en rapel fue una de las más complicadas. Era empinada y resbalosa, tanto que terminé estrellada contra la roca. Pero a pesar del golpe, resultó divertido e interesante, porque descubrí la naturaleza en su estado más puro. De regreso, caminamos con otras dos chicas que conocimos en el viaje, hasta un hotel para comer algo. Las mesas del restaurante daban a la pileta de aquel albergue, y mientras esperábamos nuestro pedido, nos sumergimos en el agua como si nos hospedáramos allí. Al caer la noche, nos juntamos para conocer el centro y terminar en algún boliche. Pero San Rafael tiene un peatonal de tres cuadras y sólo dos discotecas, asique finalmente nos quedamos tomando unos tragos en un bar. A la mañana siguiente, nos encontrábamos tempranísmo en la salida de colectivos que nos trasladaba hasta el Gran Cañón, para realizar las últimas dos actividades y disfrutar de nuestro último día en Mendoza. Primero hicimos Rafting, algo que jamás había hecho en mi vida. Y por la tarde nos divertimos haciendo canoa en el Lago Atuel. Ninguna de las tres que se encontraba en el botecito entendía bien la metodología para remar y sólo girábamos en círculos. Y encima, cuando logramos llegar al centro, se largó a llover. No podíamos parar de reírnos de lo torpes que éramos para manejarla. La semana se pasó rapidísimo y cuando nos quisimos dar cuenta, ya estábamos en el vuelo de regreso. Es difícil contarlo en persona y reducirlo en un par de palabras, pero fue uno de los mejores viajes de mi vida, y espero algún día poder repetirlo.”

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