“El Valle de la Luna no nos convencía. Analizando los posibles
destinos dentro de nuestro país, optamos con una amiga en viajar a Mendoza. Y
ahí estábamos, el lunes 23 de enero de este año, en el Aeroparque Jorge
Newbery, con un bolso repleto de ropa como para usar por un mes, y tan sólo nos
íbamos siete días. Después de tanto tiempo de espera, por fin llegábamos. Nos
esperaba una guía turística de la empresa que habíamos contratado, para subirnos
a una combi y nos trasladarnos al Hotel Crillón, ubicado en la capital. Una vez
instaladas, fuimos a comer a uno de los restaurantes que incluía el paquete y nos
recibió una joven que resultó ser la única moza del lugar. Pasaron unos largos
minutos de hacerle el pedido, cuando me trajo un plato que no era el mío y se
marchó apresuradamente sin permitirme avisarle su error. Lo mismo ocurrió con
el resto de las mesas. Pasada media hora esperando ser atendida, la chica salió
muy enojada con su cartera del restaurante. Había renunciado. Le entregamos al
dueño los descuentos, yéndome prácticamente sin comer, porque teníamos una
excursión a los viñedos y se nos estaba haciendo tarde. A pesar de no gustarme
el vino, durante la visita hice una pequeña degustación. Luego fuimos a la
fábrica de aceite de oliva, donde se desató una terrible tormenta que terminó
por cortar la luz del lugar y no nos permitió salir por varios minutos y aprovechamos
para comprar algunos frascos. Al día siguiente tuvimos que levantarnos a las
siete de la mañana para realizar un largo pero maravilloso viaje. Esta vez nos
dirigimos al camino de alta montaña, para finalizar en el Cristo Redentor
ubicado en el Paso de Uspallata. Me la pasé pegada al vidrio contemplando la
belleza de aquel lugar. Nos detuvimos en un arroyo, para beber el agua fría y
limpia producto del deshielo. También conocimos el Puente del Inca, donde tomamos
algunas fotos y apreciamos los extraños recuerdos que comercializan los
habitantes. Unas zapatillas viejas, amarillas y endurecidas por el azufre
contenido en el agua de aquella zona. Más tarde pudimos divisar la punta del
Aconcagua. Fue el momento que más cerca estuvimos de aquella montaña. Sin
detenernos ya, llegamos al Cristo Redentor, y debido a los cinco mil metros de
altura, muertas de frío. Era el mediodía y descendimos para comer en Las
Cuevas, un pueblito con veintitrés habitantes
ubicado al pie de la creciente rocosa. La comida que nos sirvieron era
abundante y comimos como presidiarios. El regreso me sirvió para dormir. Al día
siguiente fuimos a la pileta y tomamos unos mates. Horas más tarde nos
encontrábamos nuevamente en la combi con nuestro guía Osvaldo, recorriendo la
ciudad. Compramos chocolates artesanales y los comimos acostadas en nuestra
habitación. Luego de cenar, fuimos a un exótico bar del centro, ubicado en el
piso 10 de un desolado edificio, desde donde pudimos apreciar la ciudad entera.
Pero tuvimos que madrugar, porque esa mañana partíamos hacia San Rafael.
Primero hicimos la excursión por el Cañón del Atuel y contratamos actividades
de turismo aventura para realizar los días restantes. Esa misma tarde llegamos
al hotel, y para refrescarnos un poco nos metimos a la hermosa pileta con
cascada que tenía el lugar. La habitación era fantástica. El balcón daba a un
enorme parque y durante la mañana podíamos escuchar los pájaros cantar. Tenía
bar propio y una cama de dos plazas muy cómoda. Una noche, antes de ir a comer,
me reí hasta llorar cuando a mi amiga se le enganchó un mechón de pelo en el
secador. El viernes siguiente fue un día increíble. Hicimos cañoning, un deporte que mezcla caminata
con tirolesa, y se practica entre las montañas. Nos pasamos bajo el sol unas
seis horas. La segunda bajada en rapel fue una de las más complicadas. Era empinada
y resbalosa, tanto que terminé estrellada contra la roca. Pero a pesar del
golpe, resultó divertido e interesante, porque descubrí la naturaleza en su
estado más puro. De regreso, caminamos con otras dos chicas que conocimos en el
viaje, hasta un hotel para comer algo. Las mesas del restaurante daban a la
pileta de aquel albergue, y mientras esperábamos nuestro pedido, nos sumergimos
en el agua como si nos hospedáramos allí. Al caer la noche, nos juntamos para
conocer el centro y terminar en algún boliche. Pero San Rafael tiene un
peatonal de tres cuadras y sólo dos discotecas, asique finalmente nos quedamos
tomando unos tragos en un bar. A la mañana siguiente, nos encontrábamos
tempranísmo en la salida de colectivos que nos trasladaba hasta el Gran Cañón,
para realizar las últimas dos actividades y disfrutar de nuestro último día en
Mendoza. Primero hicimos Rafting, algo que jamás había hecho en mi vida. Y por
la tarde nos divertimos haciendo canoa en el Lago Atuel. Ninguna de las tres
que se encontraba en el botecito entendía bien la metodología para remar y sólo
girábamos en círculos. Y encima, cuando logramos llegar al centro, se largó a
llover. No podíamos parar de reírnos de lo torpes que éramos para manejarla. La
semana se pasó rapidísimo y cuando nos quisimos dar cuenta, ya estábamos en el
vuelo de regreso. Es difícil contarlo en persona y reducirlo en un par de
palabras, pero fue uno de los mejores viajes de mi vida, y espero algún día
poder repetirlo.”
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