A mis padres les
gustan los nombres compuestos. Y con la menor de tres hermanos no iban a hacer
la excepción. Por eso decidieron llamarme María Florencia. Nací en un hospital
del barrio porteño de Caballito, pero crecí en Caseros, entre casas bajas,
cerca de la cancha de Estudiantes. A pesar de la pasión que me rodeaba por el
pincha, me hice hincha de River Plate, el club de mis amores. Me gusta el
invierno. No soporto el calor. Y con tan mala suerte nací el 31 de enero. Una
fecha complicada para festejar cumpleaños. O todos están de vacaciones, o yo
habré viajado para algún lado.
Me crié en el
seno de una familia humilde. Mi madre, uruguaya de nacimiento y argentina de
corazón, trabajaba largas horas en un colegio público en Chacabuco. Mi padre
vino de chico desde Paraguay con su familia a buscar suerte, y se dedicó a la
mecánica hasta el día de hoy. Pero sus horas de trabajo también eran extensas,
por lo que me cuidaba mi abuela. Y así fue por muchos años. Ella fue, sin lugar
a dudas, la mujer más extraordinaria que pude haber conocido. Fue quien me
enseñó a leer y a escribir. De hecho, a los cuatro años le dediqué mi primer
poesía. Mi hermana se casó muy joven y mi hermano, a quien amo y admiro
profundamente, luchó contra una de las peores creaciones de los hombres.
De chica tenía
mucha imaginación. Teniendo tanta diferencia de edad con mis hermanos y primos,
tenía que divertirme por mis propios medios. Como cualquier niño, soñé con
llegar a ser presidente y astronauta. Terminando la primaria fue cuando
descubrí mi verdadera vocación. En una clase, jugamos a ser periodistas. Y
desde entonces nunca quise ser otra cosa más que eso. Todos mis estudios los
hice en la Capital de Buenos Aires. Fui a una secundaria donde tenía la
posibilidad de hacer el bachiller con orientación en comunicación social, y fue
el lugar donde pude conocer y aprender lo más hermoso de esta profesión. Allí
también, conocí a mi primer novio. Fue un amor tan sano, pero tan desencontrado.
No teníamos los mismos objetivos y metas, y tal vez por eso la relación
fracasó. Pero me hizo madurar.
Decidí buscar un
trabajo con el que al menos pudiera solventar los gastos de mis estudios y me
anoté en TEA, la escuela agencia de periodismo, para finalmente dedicarme a lo
que me gusta. Allí conocí a un gran amigo. Él me ayudó en muchos momentos
complicados de mi vida, y me presentó al hombre increíble que hoy tengo a mi
lado. Una persona con la que comparto sueños y la que deseo tener en mi
historia de vida hasta el fin de mis días, o hasta que las cosas lindas de esta
mundo dejen de existir.
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