Zulema de Venturini fue hallada muerta en la escalera
de su departamento en marzo de 1979. Los médicos determinaron que la causa fue
un paro cardíaco. Pero sus hijas, tras sospechar sobre el fallecimiento,
descubrieron que casualmente, en la casa de su madre, faltaba un pagaré por dos
mil pesos que llevaba el nombre de un familiar. De esta manera, y a pesar de
tratarse de su última víctima, Yiya Murano, la envenenadora de Monserrat,
iniciaría su legendaria historia criminal.
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Yiya Murano, la envenenadora de Monserrat
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La muerte dudosa de Venturi, el vale de un préstamo
extraviado y las posteriores declaraciones del encargado del edificio, la
comprometerían cada vez más. El portero recordó que se mismo día, Murano visitó
a su prima con un paquete de masitas. Minutos más tarde, salía apurada con un
frasquito y un papel en su mano. Los investigadores pidieron una nueva autopsia
y dieron con cianuro en las vísceras, un famoso y mortífero veneno.
Se investigaron y se enlazaron dos muertes anteriores
de personas cercanas a la sospechosa, la de su vecina Nilda Gamba, quién había
muerto el 10 de febrero del mismo año y la de Lelia Formisano de Ayala, otra de
sus amigas, quien había sufrido un infarto pocos días después. No resultaba
casual que Yiya Murano les debía una suma importante de dinero a ambas, ni que
los cuerpos presentaran signos de envenenamiento por más cianuro suministrado
en masas caseras.
A raíz de estos hallazgos, fue detenida en abril de
ese año, hasta junio de 1982, cuando el Juez de Sentencia, Angel Mercardo la
absolvió de todos los cargos, dejándola en libertad. Sin embargo, dos años más
tarde volvería a la cárcel con prisión perpetua, y en 1995 quedaría una vez más
libre. Para entonces su marido había muerto y su hijo, Martín, había escrito un
libro difamándola. Pero Yiya siempre negó las acusaciones asegurado que "jamás
invitó a nadie a comer" a no ser para la hora del té.

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