Nunca creí que un bosque podría cambiar mi
poco sentido místico. Dejé de lado mis teorías científicas y me uní, de
curiosa, al grupo de creyentes y esperanzados. Escapando de las miradas, caminé
hasta una punta del vivero, para abrazar a un árbol y comprobar lo que se
rumoreaba. Elegí un pino robusto y viejo. Pensé que por su tamaño, podría
transmitirme muchísima energía y hacerme así, creer. Lo abracé por unos
minutos, y hasta sentí la imperiosa necesidad de no soltarlo jamás. Cerré los
ojos para hacer todo menos real y conectar mi espíritu con el del árbol. Hasta
entonces, no había podido escuchar tanto silencio. No se oía ni el cantar de
los pájaros. Sentí por un momento que levitaba. Abrí los ojos y me encontré
tranquila, sin estrés, como si mi cuerpo se tratase de una pila y me hubiesen
conectado para recargarme.
Mi familia decidió vacacionar en Miramar, una
pequeña ciudad en crecimiento, ubicada a unos 45 kilómetros de Mar del Plata.
Era, y es, un lugar perfecto para descansar y disfrutar de la naturaleza. Para
familias con chicos como la mía, es ideal. Aunque para entonces yo tenía
catorce y podría haberme resultado tedioso.
Para no repetir las tardes de arena y
conchilla, decidimos adentrarnos en el famoso Bosque Energético, ubicado a unos
5 kilómetros del centro de la ciudad, a metros de la ruta que conecta a Miramar
con Mar del Sur. La reserva, corresponde a tan sólo una hectárea del Vivero
Dunícula Florentino Ameghino, creado en 1923 por el Ministerio de Asuntos
Agrarios de la Provincia, con el fin de contener ecológicamente la arenilla de
las dunas que solían llegar hasta el casco urbano de la ciudad.
Pero éste pequeño sector, recibió la mayor
atención, no sólo de residentes y turistas, sino también de investigadores y
científicos del mundo, que eligieron la zona para analizar la fitoenergía. El debate entre escépticos,
creyentes y físicos, sobre la existencia de alguna influencia cósmica o
espiritista que modifique estado fisiológico de las personas, persiste desde
hace décadas.
A distancia, supimos donde estaba. Su
variedad de coníferas y sus tonos grisáceos lo distingue del resto del paisaje.
Lamenté las decenas de autos estacionados en un circuito cerrado, los puestos
de quesos, dulces artesanales y ventas de horribles duendes de cerámica, que lo
volvía más comercial que naturista.
“Una reserva forestal única en toda la costa
atlántica. La densidad y variedad de pinos y coníferas cerca del mar no se
repite en ninguna zona de nuestra costa” detallaba un folleto que nos entregó
una anciana al ingresar. También contaba lo mágico del lugar, lo leí con
atención pero no creí nada de lo que decía. Y terminé por convencerme de la
farsa, cuando vi un cartel con fotos de platillos voladores descendiendo entre
los árboles. Por suerte, no soy de las personas que se convencen de algo tan
fácilmente. Quería entrar, quería sentir, quería ver y tocar.
Desde el primer momento en que pise la tierra
seca y polvorienta del bosque, sentí que me había adentrado a un mundo
paralelo. Afuera todo era distinto. Los chicos corrían y gritaban, las mujeres
hablaban con orgullo del bronceado que habían ganado tras horas bajo el sol
intenso. Pero allí, entre los troncos, no se escuchaba más nada. El silencio
era único. A pesar del cielo despejado, en el bosque no había rastros del sol.
Pienso que si lloviera, pasaría lo mismo con el agua.
Un intenso perfume silvestre nos envolvía.
Una mezcla de eucalipto y clavo de olor. No había pasto y ningún tipo de flora
más que los secos pinos. Lo que sí había era humedad. Mucha. Y estaba fresco, a
pesar de que el intenso viento, distintivo de Miramar, no llegaba al interior
del bosque. Caminé lentamente, intentando no chocarme con las ramitas que la
gente clavaba en la tierra para formar una especie de letra T, y dejar en claro
que el lugar poseía un equilibrio místico. Por unos segundos esas ramitas tan
perfectamente estables, me parecieron macumbas.
Los troncos estaban inclinados. Todos miraban
hacia el centro. Si uno mira hacia arriba, puede ver como las ramas se
entrelazaron y formaron una suerte de techo, que no deja pasar el viento ni la
luz del sol. Parece un nido gigante. Para mi descontento, un nido de ovnis.
A mi alrededor habían niños jugando a hacer
lo que todos con las ramitas. Hombres abrazando árboles, gente haciendo yoga.
Todo resultaba armonioso y pacífico. Y yo quería entrar en ese estado de paz y
recuperar energías perdidas. Busqué algún sector aislado del bosque, para
abrazar a esos árboles menos abrazados, y conectarme con el mundo
fitoenergético. Me abracé a uno, y sentí una paz interior y unas ganas locas de
demostrarle mi amor a todo arbusto que me cruce.
Decidí creer en todas esas ideas, no en la de los ovnis, y cargarme de
la paz del lugar. Lo cierto, es que sentí un cambio, y sin saber realmente si
esa visita alternó mis ondas negativas o sólo me convencí anímica y mentalmente
de ello. Aclaro, no fumé nada.

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