domingo, 28 de abril de 2013

Un nido para ovnis


Nunca creí que un bosque podría cambiar mi poco sentido místico. Dejé de lado mis teorías científicas y me uní, de curiosa, al grupo de creyentes y esperanzados. Escapando de las miradas, caminé hasta una punta del vivero, para abrazar a un árbol y comprobar lo que se rumoreaba. Elegí un pino robusto y viejo. Pensé que por su tamaño, podría transmitirme muchísima energía y hacerme así, creer. Lo abracé por unos minutos, y hasta sentí la imperiosa necesidad de no soltarlo jamás. Cerré los ojos para hacer todo menos real y conectar mi espíritu con el del árbol. Hasta entonces, no había podido escuchar tanto silencio. No se oía ni el cantar de los pájaros. Sentí por un momento que levitaba. Abrí los ojos y me encontré tranquila, sin estrés, como si mi cuerpo se tratase de una pila y me hubiesen conectado para recargarme.
Mi familia decidió vacacionar en Miramar, una pequeña ciudad en crecimiento, ubicada a unos 45 kilómetros de Mar del Plata. Era, y es, un lugar perfecto para descansar y disfrutar de la naturaleza. Para familias con chicos como la mía, es ideal. Aunque para entonces yo tenía catorce y podría haberme resultado tedioso.
Para no repetir las tardes de arena y conchilla, decidimos adentrarnos en el famoso Bosque Energético, ubicado a unos 5 kilómetros del centro de la ciudad, a metros de la ruta que conecta a Miramar con Mar del Sur. La reserva, corresponde a tan sólo una hectárea del Vivero Dunícula Florentino Ameghino, creado en 1923 por el Ministerio de Asuntos Agrarios de la Provincia, con el fin de contener ecológicamente la arenilla de las dunas que solían llegar hasta el casco urbano de la ciudad.
Pero éste pequeño sector, recibió la mayor atención, no sólo de residentes y turistas, sino también de investigadores y científicos del mundo, que eligieron la zona para analizar la  fitoenergía. El debate entre escépticos, creyentes y físicos, sobre la existencia de alguna influencia cósmica o espiritista que modifique estado fisiológico de las personas, persiste desde hace décadas.
A distancia, supimos donde estaba. Su variedad de coníferas y sus tonos grisáceos lo distingue del resto del paisaje. Lamenté las decenas de autos estacionados en un circuito cerrado, los puestos de quesos, dulces artesanales y ventas de horribles duendes de cerámica, que lo volvía más comercial que naturista.
“Una reserva forestal única en toda la costa atlántica. La densidad y variedad de pinos y coníferas cerca del mar no se repite en ninguna zona de nuestra costa” detallaba un folleto que nos entregó una anciana al ingresar. También contaba lo mágico del lugar, lo leí con atención pero no creí nada de lo que decía. Y terminé por convencerme de la farsa, cuando vi un cartel con fotos de platillos voladores descendiendo entre los árboles. Por suerte, no soy de las personas que se convencen de algo tan fácilmente. Quería entrar, quería sentir, quería ver y tocar.

Desde el primer momento en que pise la tierra seca y polvorienta del bosque, sentí que me había adentrado a un mundo paralelo. Afuera todo era distinto. Los chicos corrían y gritaban, las mujeres hablaban con orgullo del bronceado que habían ganado tras horas bajo el sol intenso. Pero allí, entre los troncos, no se escuchaba más nada. El silencio era único. A pesar del cielo despejado, en el bosque no había rastros del sol. Pienso que si lloviera, pasaría lo mismo con el agua.  
Un intenso perfume silvestre nos envolvía. Una mezcla de eucalipto y clavo de olor. No había pasto y ningún tipo de flora más que los secos pinos. Lo que sí había era humedad. Mucha. Y estaba fresco, a pesar de que el intenso viento, distintivo de Miramar, no llegaba al interior del bosque. Caminé lentamente, intentando no chocarme con las ramitas que la gente clavaba en la tierra para formar una especie de letra T, y dejar en claro que el lugar poseía un equilibrio místico. Por unos segundos esas ramitas tan perfectamente estables, me parecieron macumbas.
Los troncos estaban inclinados. Todos miraban hacia el centro. Si uno mira hacia arriba, puede ver como las ramas se entrelazaron y formaron una suerte de techo, que no deja pasar el viento ni la luz del sol. Parece un nido gigante. Para mi descontento, un nido de ovnis.
A mi alrededor habían niños jugando a hacer lo que todos con las ramitas. Hombres abrazando árboles, gente haciendo yoga. Todo resultaba armonioso y pacífico. Y yo quería entrar en ese estado de paz y recuperar energías perdidas. Busqué algún sector aislado del bosque, para abrazar a esos árboles menos abrazados, y conectarme con el mundo fitoenergético. Me abracé a uno, y sentí una paz interior y unas ganas locas de demostrarle mi amor a todo arbusto que me cruce.
Decidí creer en todas esas  ideas, no en la de los ovnis, y cargarme de la paz del lugar. Lo cierto, es que sentí un cambio, y sin saber realmente si esa visita alternó mis ondas negativas o sólo me convencí anímica y mentalmente de ello. Aclaro, no fumé nada.

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